lunes, noviembre 26, 2012

Sillón de dos cuerpos


Y por más que se intuían las ganas, así como de soslayo, sobrevino sorpresivamente. 
Sorpresivo por lo inesperado del encuentro, por lo imprevisible del instante en que el tiempo queda perdido.
Como si no hubiera otra forma más que esa fórmula: que el tiempo quede perdido para que el encuentro sea tallado en esa mezcla entreverada de respiración agitada. El punto donde el mármol se quiebra delicadamente para que eso no se rompa. 
Es un instante de eternidad, instante donde todo alrededor se funde y se confunde, y en el fresco en blanco van apareciendo las pinceladas de las sonrisas que se saborean, que buscan ensimismarse en colores que se inventan al tocarse unos con otros.

Ahí, donde los cuerpos quedan unidos por ese cálido recorrido de unos labios que se acarician mutuamente sin poder decir nada. 
Y me invade la convicción de que se trata de un acto de creación y que pronunciar su nombre corriente no haría más que reducir a una vulgar palabra todo lo que fluye en lo indecible. 


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