Cada vez que llego a Comodoro, nadie, repito, absolutamente nadie se pone tan inmensamente feliz de verme como la salvaje perra de mi hermano: Fita.
Cuando me bajo del auto y la llamo, viene al galope y se tira encima mío para saludarme como si yo fuera un luchador libre de metro noventa y 110 kilos.
Sobre sus patas traseras se para, apoya las delanteras en mis hombros, sonríe ampliamente y saca su enorme lengua y justo en el momento en que me disponía a saludarla, apoya su hocico en mi boca y me da un lenguetazo que me recorre todo el paladar.
USHKA
PUAJJJJ.. ajjj
PUAJJJJ.. ajjj
Fita! ajjjj qué asco, perra!
Salí!
Mientras ella no para de saracutear a mi alrededor.
USHKA
Tu perra es una bruta!
Me encajó un chupón y encima
tiene un aliento horrible a podrido.
Qué le das de comer?
HERMANO
Balanceado, pero hace más de una semana
cazó una liebre que enterró por ahí y todos los días
la desentierra y come un poquito.
USHKA
Aaaaaaaaajjjjjjj
HERMANO
Y bueno, además usa su propia lengua de papel higiénico.
Mi hermano deja de mentir en los momentos más inoportunos.